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miércoles, 13 de febrero de 2013

Julio Aróstegui y Largo Caballero



La reciente muerte del historiador Julio Aróstegui, solo unos días después de que haya salido a la venta su monumental biografía de Francisco Largo Caballero, tiñe de luto una ciencia que en los últimos años se está quedando huérfana de aquella legión de jóvenes entusiastas que floreció en los años setenta y que entonces nos parecía inacabable por el número de sus integrantes, todos historiadores de prestigio y en su mayoría de formación izquierdista, profesionales que abordaron la tarea de explicar la Historia de España, sobre todo la contemporánea, ofreciendo nuevas y más acordes perspectivas e interpretaciones de acuerdo a la realidad de los hechos, los testimonios de los testigos anteriormente silenciados y la ingente documentación que se ha ido exhumando una vez desaparecido el régimen fascista español.   
 
Julio Aróstegui era andaluz, de Granada, aunque nunca se sintió limitado por sus orígenes en cuanto a los campos que atrajeron su atención como investigador: el carlismo, el movimiento obrero y la Guerra de España son los tres ejes sobre los que fue construyendo su obra y su magisterio, interrumpidos ahora cuando todavía cabía razonablemente esperar de él años de fructífero trabajo.

A finales de los setenta y primeros ochenta del pasado siglo, Julio Aróstegui colaboró con asiduidad en Historia 16, una revista mensual que fue un fenómeno divulgativo de la ciencia histórica, un espacio en el que Juan Tomás de Salas dio oportunidades a ese ramillete formado por quienes eran entonces jóvenes historiadores que justo comenzaban su tarea, conectándolos con un público culto y amplio que les hemos seguido siendo fieles a lo largo de estas décadas, leyendo libros que estaban ya esbozados en aquellos artículos. Además de Aróstegui, en Historia 16 estaban los Julio Valdeón, Ángel Viñas y tantos otros, junto a maestros que acumulaban entonces un largo recorrido a sus espaldas, como Manuel Tuñón de Lara, por ejemplo.

En la que ha sido su última obra, Julio Aróstegui se empeñó en darnos la dimensión entera no ya de un hombre sino de toda una época, la que vivió como uno de sus proncipales artífices Francisco Largo Caballero. Obrero estuquista, activo sindicalista, mediocre dirigente político, el mejor ministro de Trabajo que jamás ha tenido España y acaso uno de sus peores presidentes de Gobierno, Largo Caballero, al que apresuradamente sus partidarios en el PSOE y la UGT llamaron "El Lenin español", fue un personaje singular. Hombre de escasa formación académica, todo lo aprendió en la lucha por los derechos de los trabajadores. Condujo la UGT, el sindicato socialista, con habilidad y eficacia, pero se enredó con demasiada frecuencia en las luchas internas por el control del partido, en el que representó a la corriente sindicalista y más próxima a los anarquistas. Enfrentado con los comunistas de los años treinta a causa del sectarismo y la incapacidad de estos para conectar con los problemas reales del movimiento obrero, fue uno de los referentes de una Revolución a la española que nunca llegó, quizá porque Largo Caballero, que en julio de 1936 tuvo todo el poder en sus manos, no supo luego que hacer con él.

Antes, Largo Caballero había sido un extraordinario ministro de Trabajo en el gabinete republicano-socialista inaugurado en 1931, que en poco más de dos años desarrolló una tarea descomunal en cuanto a problemas encarados y resultados obtenidos. La guerra le alcanzó a Largo viejo, enfermo y desorientado, y la pérdida de un hijo, asesinado por los franquistas en los primeros días de la rebelión militar, seguramente no hizo sino acentuar su retraimiento y desconexión de la realidad. Los Hechos de Mayo en Barcelona le dieron la puntilla, al no querer plegarse a la represión contra la CNT, como exigían los comunistas. El caballerismo se esfumó en el partido, que pasó a ser controlado por los negrinistas, y la UGT se escindió de hecho entre sus partidarios y los sectores centristas y procomunistas. Con la derrota y el exilio se inició la última etapa de su vida, que aún había de llevarle a un campo de concentración nazi al que sobrevivió milagrosamente, si bien falleció poco tiempo después de ser liberado.

Largo Caballero es hoy un referente mítico para el socialismo español y en general para la izquierda histórica. Seguramente su figura carece de interés para las gentes que llegan al partido con el cargo ya concertado antes de tener el carnet. Pero precisamente por eso, Largo, con sus aciertos y sus errores, sus virtudes y sus insuficiencias, sigue encarnando lo mejor del espíritu de un dirigente obrero de aquellos tiempos, en los que a nadie se le hubiera ocurrido contratar como director de la factoría de pensamiento del PSOE a un fulano que propone el despido de trabajadores y la rebaja de sus salarios aunque sea en Portugal, ni desde luego celebrar congresos de la Internacional socialista en hoteles de lujo con spa y bebidas gratis.
 

miércoles, 3 de octubre de 2012

Eric Hobsbawm, testigo del siglo XX


La desaparición de Eric J. Hobsbawm representa de algún modo, el certificado oficial de que el siglo XX realmente ha finalizado, aunque para el historiador británico "el siglo corto", como él lo llamaba, hubiera acabado en 1989 al producirse el derrumbe del sistema imperial soviético (según él, el siglo había comenzado en 1917, con la Revolución Rusa).

Hobsbawm nació en Alejandría de Egipto, unos dicen que en 1915 y otros en 1917, en el seno de una familia judía de origen británico y alemán. El se sintió siempre anglosajón, y desde luego fue un verdadero gentleman a la antigua usanza. Su apellido es una adaptación fonética inglesa de su original judío. Con todo,  y como tantos otros judíos no creyentes, Eric Hobsbawm fue ante todo un ciudadano del mundo, un cosmopolita militante, y desde luego un antifascista furibundo.

Sus estudios los hizo en Viena y en Berlín. Siendo aún un adolescente  presenció el ascenso al poder de los nazis en Alemania, y no precisamente como espectador: junto con otros estudiantes se enzarzó en más de una batalla campal a pedradas y palos con aquellas fieras. De aquellos años provenía su compromiso inicial con el comunismo y su actitud vigilante y militante contra los rebrotes de la peste parda en Europa.

Más tarde, refugiado en Inglaterra, Hobsbawm pasa por Cambridge -donde se integra en el selecto grupo de futuros intelectuales comunistas de clase alta que casi coparon esa universidad en los años treinta-, y una vez iniciada la guerra se presenta voluntario para trabajar en la inteligencia británica. Le rechazan por comunista, pero le envían a construir fortificaciones en la costa, un servicio en el que el futuro historiador de los movimientos sociales contactará con genuinos miembros de la clase obrera británica, conociendo de primera mano sus necesidades, aspiraciones e imaginario colectivo. Ese período marcará toda su vida, y lo rememorará siempre con nostalgia.

Militante comunista convencido durante años, criticará sin embargo la invasión soviética de Hungría (1956), lo que le llevará a romper con el estalinismo y con el partido que lo representaba en Gran Bretaña. A partir de ahí comienza una larga trayectoria primero como comunista heterodoxo y progresivamente como marxista sin ataduras a praxis políticas concretas, aunque siempre le poseerá cierta benevolencia por un movimiento comunista al que, aunque fracasado y agotado, considerará como el mejor producto del siglo XX. En sus últimos años  Eric Hobsbawm se convierte en un referente para la izquierda del laborismo y para todo el complejo mundo a la izquierda del laborismo.

Un corresponsal gacetillero con más ignorancia que mala fe escribía ayer en EL PAIS que  Hobsbawm había inspirado la Tercera Vía de Tony Blair, lo que resulta un puro oxímoron no solo por la sideral distancia ideológica entre ambos, sino porque el historiador referido era un intelectual sólidamente construido y el político aludido solo un vulgar trepador carente de ideología, principios y ética. Más significado tiene el hecho de que Ed Miliband, actual líder laborista británico e hijo de otro pensador alemán exiliado también judío,  saludara a Hobsbawm como un referente intelectual e ideológico en la (re)construcción del Labour sobre premisas socialdemócratas que está intentando llevar a cabo, luego de la negra etapa neoliberal que supuso para esa organización el blairismo. 

Como historiador, la obra de  Eric Hobsbawm es titánica, y supera con creces en cantidad y calidad a sus en geenral valiosas pero a menudo cuestionables aproximaciones al análisis político contemporáneo. Su obra fundamental para mi gusto es "Las revoluciones burguesas", libro que tengo en edición de Guadarrama,  de 1974, en dos tomitos que leí por vez primera haciendo COU; un texto imprescindible para conocer todo lo que ha venido tras la Revolución Francesa.

Su monumental "Historia del siglo XX" ofrece una panorámica de las corrientes profundas de un siglo convulso que alumbró tantas cosas y tan diversas que se hace difícil su recuento ordenado y razonado, que es lo que intentó hacer su autor. El texto resulta a mi juicio esquemático y demasiado entusiasta del comunismo como ideología (aunque bastante menos de su praxis); en realidad, lo que circula a lo largo de sus páginas es una evidente nostalgia por la juventud perdida, en el doble significado: la juventud entendida como etapa de la vida personal del historiador, pero también de aquel movimiento comunista que luego envejeció tan mal, hasta llegar a la decrepitud y muerte en los años ochenta   

Mucho más interesante es "Naciones y nacionalismos desde 1780", publicada en 1990, a las puertas del resurgir nacionalista en el centro y este de Europa que se produjo en la última década de "su" siglo. Eric Hobsbawm disecciona aquí, desde el rigor metodológico marxista, implacable, un fenómeno ideológico superestructural clave cual es el nacionalismo burgués, desvelando sus raíces históricas y las razones de su éxito en las sociedades contemporáneas. Si me perdonan la referencia personal, es el texto que más me influyó en la construcción intelectual de mi rechazo a toda idea nacionalista por mítica, alienante y producto de la ideología burguesa. Entre paréntesis, la deuda aquí de Hobsbawm con Rosa Luxembourg es evidente, pero no recuerdo que el ex-bolchevique sintiera por ella mucha gratitud. 

Y llegamos así al que a mi juicio, es el trabajo más importante de  Hobsbawm (asociado a otros, en este caso), aunque fuera uno de los últimos que publicó: "La invención de la tradición", editado en España por Crítica en 2002, probablemente el texto universitario más rigurosamente demoledor para toda idea nacionalista que se haya escrito nunca. Con precisión de relojero, "La invención de la tradición" desmonta los mecanismos mediante los cuales se crea y recrea el pasado -inventando culturas, tradiciones, idiosincrasias, y por supuesto reescribiendo la Historia-, usando este como cimiento sobre el que basar la  dominación ideológica, todo cortado a medida de las necesidades que en ese terreno tienen las élites dominantes en cada etapa histórica.  El análisis de algunos ejemplos resulta en algún caso hasta divertido, como el que refiere la invención de los famosos kilts, las conocidas faldas escocesas presuntamente clánicas y antiquísimas... cuya popularización sin embargo fue obra de un sastre militar británico del siglo XVIII. El último capítulo del libro está destinado a dar a conocer "la fabricación en serie" (sic) de la inmensa mayoría de supuestamente viejísimas tradiciones nacionales europeas, producidas entre 1870 y 1914.

Añadiré una anécdota por mi cuenta, que estoy seguro Eric Hobsbawm debía conocer, y que desvela en toda su crudeza el fantasioso mundo de la invención de las tradiciones nacionales.

Seguramente recordarán la película "Braveheart", sobre el héroe nacional escocés William Wallace, papel que interpretó el actor australiano Mel Gibson en 1995. Rápidamente la película se convirtió en una de las señas de identidad icónicas del moderno nacionalismo escocés. Ocurre que algún tiempo después de su estreno los nacionalistas escoceses levantaron un monumento a Wallace, y dado que no se conoce que rostro tuvo ni como era su aspecto general, le pusieron a la estatua la cara de Mel Gibson y también su complexión física. Recuerdo que un nacionalista catalán escribía hace algún tiempo en un foro sobre este monumento, convencido de que el representado era William Wallace. En un par de generaciones, cuando nadie recuerde a Gibson y su película, todo el mundo creerá que la escultura es un retrato de William Wallace.

Así se generan las tradiciones nacionalistas: a partir de equívocos, yuxtaposiciones, mixtificaciones y manipulaciones en muchos casos infantiles. 

La fotografía que ilustra el post muestra el monumento a William Wallace, en el que el héroe escocés aparece con los rasgos del actor Mel Gibson. 

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Santiago Carrillo, fin de trayecto



Santiago Carrillo, el histórico dirigente comunista español, falleció ayer en Madrid, a los 97 años de edad. En realidad, su carrera política, lo más interesante de su persona, había acabado a finales de los años ochenta, y casi como comenzara medio siglo atrás: en el PSOE. Aunque Carrillo no tuvo nunca el carnet del partido socialista sí recomendó a sus últimos seguidores, agrupados en el Partido de los Trabajadores de España (PTE), que entraran en el PSOE, lo que hizo la mayoría de ellos.

Cincuenta años antes, en 1936, Santiago Carrillo era el secretario general de las Juventudes Socialistas (JJSS), y pactó con las Juventudes Comunistas de España (JCE) que lideraba Fernando Claudín la unión orgánica en una sola organización, las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU). La vida, esa bromista, quiso que el entonces joven socialista Santiago Carrillo se convirtiera más tarde y por 25 años en el máximo dirigente del Partido Comunista Español (PCE), en tanto que Fernando Claudín -el único intelectual español del siglo XX que merece el calificativo de marxista- tras ser expulsado por Carrillo del PCE llegaría a ser el presidente de la Fundación Pablo Iglesias, la fábrica de pensamiento del PSOE, en los años setenta y ochenta.

Antes de eso, mucho antes, Carrillo había saltado del anonimato a la fama con todas las de la ley. Como miembro del Comité de Unidad entre socialistas y comunistas en el verano de 1936 (¡en representación de los socialistas!) se convirtió en el mejor informador para el PCE sobre las interioridades de la negociación en el seno de las organizaciones socialistas. Quizá como premio, a los 21 años es nombrado responsable de la Consejería de Orden Público en la Junta de Defensa de Madrid, que preside el general Miaja tras la huida del Gobierno a Valencia. En la Consejería hace un buen trabajo, organizado en dos direcciones: recuperar el control de la calle arrebatándoselo a las bandas de pseudorrevolucionarios, y la demolición de los grupos de fascistas emboscados que practican el terrorismo urbano en la ciudad sitiada. 

Durante la Guerra Civil el PCE deja de ser un grupúsculo residual, desconectado de la realidad e infantilmente ultrarrevolucionario, para convertirse en el gran partido de las clases medias republicanas. El PCE hace suya una inteligente y oportunista política antirrevolucionaria que ofrece seguridad y protección frente a la experiencia revolucionaria protagonizada por anarquistas y socialistas caballeristas. Pequeños propietarios agrícolas, industriales, comerciantes, maestros, oficiales del Ejército Popular... se apresuran a tomar el carnet comunista atraídos por la capacidad de organización y disciplina que despliega el partido. Loa afiliados de organizaciones burguesas republicanas, caso de Izquierda Republicana, se pasan en masa al PCE. Algunos de los dirigentes comunistas del momento y de años posteriores provienen incluso de la más alta aristocracia española: es el caso del general Hidalgo de Cisneros y también del futuro escritor Jorge Semprún. 

Perdida la guerra y ya en el exilio, Santiago Carrillo se instala en la URSS junto con toda la dirección del PCE, amorosamente reunida bajo la sombra maternal de Dolores Ibárruri, Pasionaria, verdadera Mamá Grande del comunismo español a lo largo de su historia. En plena Guerra Mundial, en la ciudad de Tiflis, José Díaz, el panadero sevillano ex anarquista que teóricamente ejercía como secretario general, excelente persona pero de muy escasas luces, decide un día tirarse por la ventana como modo de acabar con el sufrimiento que le producía un supuesto cáncer de estómago que le martirizaba. Al menos esa fue la versión oficial de la época, a pesar de resultar una manera harto dolorosa de suicidarse con lo fácil que le hubiera resultado a Díaz pegarse un tiro. ¿Se cayó por la ventana o lo tiraron? En la URSS de Stalin todo era posible, especialmente lo más siniestro.

Pasionaria se convierte así en secretario general, cargo en el que la sucederá Carrillo en 1960. Por en medio, una cadena de fracasos, las llamadas Huelgas Nacionales Pacíficas. El régimen franquista recrudece la represión, y el PCE, cada vez más aislado ante una oposición variopinta que maniobra sin cesar incluso acercándose a entornos monárquicos, relanza las viejas políticas de acercamiento a los sectores emergentes de las clases trabajadoras y medias. Ibárruri es cada vez más un icono público, y una prisionera real de Carrillo. Finalmente, con Santiago Carrillo ya en la secretaría general, la llamada política de Reconciliación Nacional llenará las filas del PCE de jóvenes de clase media-alta hijos de los vencedores de la Guerra de España. Desagradable sorpresa para el régimen del general Franco, que saludará el encumbramiento de Santiago Carrillo difamándole, al poner en circulación la especie de que fue Carrillo el responsable de la matanza de Paracuellos, una pamema que venía a engrosar la nómina de mentiras propagandísticas fascistas, junto al famoso oro de Moscú que Negrín habría regalado a Stalin y la Gernika incendiada por los rojos vascos.

El PCE es en esos años cada vez más un partido de amplio espectro en el que la ideología comunista es motivo de pugna interna, pero cada vez menos, guía de los posicionamientos del partido. Sucesivas purgas lo irán vaciando, dando lugar a una miríada de partidos y grupúsculos que reclaman la autenticidad comunista a través de las más diversas advocaciones del sagrado marxismo-leninismo, especialmente las múltiples tribus del maoísmo y el trostkysmo. La expulsión del PCE de Claudín y Semprún y la salida de Solé Tura y otros valiosos dirigentes, dejará a Carrillo sin oposición interna de calidad.

En 1968, con Carrillo en el cénit de su poder orgánico en el PCE, se produce la Primavera de Praga y la subsiguiente invasión de Checoslovaquia por las tropas de la URSS y sus satélites del Pacto de Varsovia, con el plácet obvio de los EEUU y la OTAN. Las protestas son mundiales, pero sobre todo en Europa  amenazan con derrumbar por dentro los partidos comunistas occidentales. A partir de la distorsión de las propuestas de Dubcek y del llamado "socialismo de rostro humano" checo (antibolchevique, consejista y en definitiva, luxemburguista), los comunistas italianos encabezados por Enrico Berlinguer lanzan la idea de que es posible la revolución comunista por medios pacíficos y que esta se produzca de manera democrática y ordenada en el seno de las democracias formales occidentales. A la propuesta del PCI, que unos años después llamarán "eurocomunismo", se sumarán dos viejos estalinistas, el francés George Marchais y Santiago Carrillo. En definitiva, el eurocomunismo proponía la socialdemocratización de los partidos comunistas, lo cual en aquel momento parecía una buena idea a la que solo se le podía poner una objeción práctica: el espacio socialdemócrata ya estaba ocupado por los partidos socialistas, en giro hacia la derecha desde los años cincuenta.

Tras la muerte de Franco, Carrillo regresa a España, y mano a mano con Adolfo Suárez, un oscuro funcionario franquista, conduce una Transición que evitó la ruptura democrática, con el PSOE de convidado de piedra y a remolque en asuntos de tanta trascendencia futura como los Pactos de la Moncloa y la confección de la Constitución de 1978. Los dirigentes comunistas confían en que los años de lucha y el carácter reformista del PCE les darán la primacía política y parlamentaria en la izquierda en cuanto comience el ciclo electoral democrático. No fue así. Fue el PSOE renovado, conducido por un grupo de jóvenes del interior -"los sevillanos"- quienes tras hacerse con el partido desplazando a la vieja dirigencia del exilio, se alzaron con el santo y la limosna en la disputa por el espacio electoral de la izquierda, probablemente porque la combinación de juventud de los "sevillanos" y veteranía de las siglas PSOE ofrecieron más garantías al votante de izquierdas español, y también porque los socialistas se hicieron con todo el voto de los antiguos anarquistas -profundamente anticomunistas-, fundamental entonces en Catalunya y Andalucía, fidelizándolo en buena parte en sucesivas consultas electorales (un día habrá que explicar este hecho clamoroso, silenciado hasta ahora). 

En 1982 el PSOE vence en las elecciones generales por mayoría absoluta, y el PCE solo logra 4 escaños, quedando al borde de la desaparición. Carrillo resiste en la secretaría general tres años más, y finalmente él y sus últimos fieles son expulsados del partido al que ha dedicado toda su vida. Funda entonces el PTE como decía al principio, y tras el fracaso de esta fuerza se reconcilia a medias con el PSOE y, una vez alejado de la militancia directa, se convierte en excelente periodista y agudo observador, cultivando al mismo tiempo de modo consciente una imagen de abuelo bonachón y tertuliano tolerante. Escribe algunos libros incluidas unas Memorias en las que no cuenta nada, y firma inteligentes artículos en el diario El País. Uno a uno ve morir a todos sus viejos amigos y enemigos, y resistente hasta el fin, se va constriñendo poco a poco al espacio familiar sin dejar de escudriñar la actualidad y opinar sobre ella y las corrientes profundas que la surcan. Así hasta el desenlace final. 

Santiago Carrillo siempre se consideró comunista, aunque se supone que había dejado de ser bolchevique durante su estancia en la URSS. Por cierto, solía decir que él y el resto de dirgentes del PCE se enteraron de "los crímenes de Stalin" gracias a Kruschev y su "denuncia" de aquel régimen demencial ante el Politburó, años después de muerto el dictador soviético obviamente; y es que Santiago era un pillo como pocos. En realidad, y como opinaban muchos adversarios suyos en el que fuera su partido, creo que Carrillo nunca fue comunista. Hay coherencia evidente entre el PCE contrario a la revolución en 1936-1936, la política de Reconciliación Nacional (dirigida a integrar las fuerzas emergentes y a los disidentes del propio régimen franquista) y  su actuación durante la Transición, en la que fue puntal en la consolidación de la Monarquía juancarlista y la democracia formal de corte occidental. Detrás de ese hilo conductor claramente socialdemócrata, estuvo siempre Santiago Carrillo. Ese y no otro fue además el origen de su pugna histórica con el PSOE, al que intentaba arrebatar su espacio, su programa y su clientela histórica de extracción no obrera; también, de su reconocimiento final de que fuera del partido socialista español ya no había espacio político para nadie de izquierdas con ambición de gobernar.

Que la tierra le sea leve a Santiago. Con todos sus aciertos y sus errores, fue uno de los nuestros.

En la fotografía que ilustra el post, Santiago Carrillo en los años de la Junta Democrática, en los inicios de la Transición a la Democracia española.