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miércoles, 12 de junio de 2013
lunes, 3 de junio de 2013
Primeros ejemplares de mi nuevo libro LAS CENIZAS DEL SUEÑO ETERNO
Esta mañana me han llegado los ejemplares de cortesía de LAS CENIZAS DEL SUEÑO ETERNO. LANAJA, 1936-1948. GUERRA, POSTGUERRA Y REPRESIÓN FRANQUISTA EN EN EL ARAGÓN RURAL. Aquí les dejo la portada.
Cada ejemplar tiene unas 290 páginas y además del texto y las notas contiene biografías, documentos y tablas, y 45 fotografías en blanco y negro.
En junio empezará a distribuirse en librerías de Aragón, y podrá encontrarse en venta on line en librerías de otras regiones. El precio de venta al público será de 17 euros.
En las presentaciones concertadas (Huesca, el 25 de junio) y Lanaja (el 29 de junio), habrá una pequeña sorpresa relacionada con el libro y el excelente vino tinto de la tierra.
miércoles, 13 de febrero de 2013
Julio Aróstegui y Largo Caballero
La reciente muerte del historiador Julio Aróstegui, solo unos días después de que haya salido a la venta su monumental biografía de Francisco Largo Caballero, tiñe de luto una ciencia que en los últimos años se está quedando huérfana de aquella legión de jóvenes entusiastas que floreció en los años setenta y que entonces nos parecía inacabable por el número de sus integrantes, todos historiadores de prestigio y en su mayoría de formación izquierdista, profesionales que abordaron la tarea de explicar la Historia de España, sobre todo la contemporánea, ofreciendo nuevas y más acordes perspectivas e interpretaciones de acuerdo a la realidad de los hechos, los testimonios de los testigos anteriormente silenciados y la ingente documentación que se ha ido exhumando una vez desaparecido el régimen fascista español.
Julio Aróstegui era andaluz, de Granada, aunque nunca se sintió limitado por sus orígenes en cuanto a los campos que atrajeron su atención como investigador: el carlismo, el movimiento obrero y la Guerra de España son los tres ejes sobre los que fue construyendo su obra y su magisterio, interrumpidos ahora cuando todavía cabía razonablemente esperar de él años de fructífero trabajo.
A finales de los setenta y primeros ochenta del pasado siglo, Julio Aróstegui colaboró con asiduidad en Historia 16, una revista mensual que fue un fenómeno divulgativo de la ciencia histórica, un espacio en el que Juan Tomás de Salas dio oportunidades a ese ramillete formado por quienes eran entonces jóvenes historiadores que justo comenzaban su tarea, conectándolos con un público culto y amplio que les hemos seguido siendo fieles a lo largo de estas décadas, leyendo libros que estaban ya esbozados en aquellos artículos. Además de Aróstegui, en Historia 16 estaban los Julio Valdeón, Ángel Viñas y tantos otros, junto a maestros que acumulaban entonces un largo recorrido a sus espaldas, como Manuel Tuñón de Lara, por ejemplo.
En la que ha sido su última obra, Julio Aróstegui se empeñó en darnos la dimensión entera no ya de un hombre sino de toda una época, la que vivió como uno de sus proncipales artífices Francisco Largo Caballero. Obrero estuquista, activo sindicalista, mediocre dirigente político, el mejor ministro de Trabajo que jamás ha tenido España y acaso uno de sus peores presidentes de Gobierno, Largo Caballero, al que apresuradamente sus partidarios en el PSOE y la UGT llamaron "El Lenin español", fue un personaje singular. Hombre de escasa formación académica, todo lo aprendió en la lucha por los derechos de los trabajadores. Condujo la UGT, el sindicato socialista, con habilidad y eficacia, pero se enredó con demasiada frecuencia en las luchas internas por el control del partido, en el que representó a la corriente sindicalista y más próxima a los anarquistas. Enfrentado con los comunistas de los años treinta a causa del sectarismo y la incapacidad de estos para conectar con los problemas reales del movimiento obrero, fue uno de los referentes de una Revolución a la española que nunca llegó, quizá porque Largo Caballero, que en julio de 1936 tuvo todo el poder en sus manos, no supo luego que hacer con él.
Antes, Largo Caballero había sido un extraordinario ministro de Trabajo en el gabinete republicano-socialista inaugurado en 1931, que en poco más de dos años desarrolló una tarea descomunal en cuanto a problemas encarados y resultados obtenidos. La guerra le alcanzó a Largo viejo, enfermo y desorientado, y la pérdida de un hijo, asesinado por los franquistas en los primeros días de la rebelión militar, seguramente no hizo sino acentuar su retraimiento y desconexión de la realidad. Los Hechos de Mayo en Barcelona le dieron la puntilla, al no querer plegarse a la represión contra la CNT, como exigían los comunistas. El caballerismo se esfumó en el partido, que pasó a ser controlado por los negrinistas, y la UGT se escindió de hecho entre sus partidarios y los sectores centristas y procomunistas. Con la derrota y el exilio se inició la última etapa de su vida, que aún había de llevarle a un campo de concentración nazi al que sobrevivió milagrosamente, si bien falleció poco tiempo después de ser liberado.
Largo Caballero es hoy un referente mítico para el socialismo español y en general para la izquierda histórica. Seguramente su figura carece de interés para las gentes que llegan al partido con el cargo ya concertado antes de tener el carnet. Pero precisamente por eso, Largo, con sus aciertos y sus errores, sus virtudes y sus insuficiencias, sigue encarnando lo mejor del espíritu de un dirigente obrero de aquellos tiempos, en los que a nadie se le hubiera ocurrido contratar como director de la factoría de pensamiento del PSOE a un fulano que propone el despido de trabajadores y la rebaja de sus salarios aunque sea en Portugal, ni desde luego celebrar congresos de la Internacional socialista en hoteles de lujo con spa y bebidas gratis.
A finales de los setenta y primeros ochenta del pasado siglo, Julio Aróstegui colaboró con asiduidad en Historia 16, una revista mensual que fue un fenómeno divulgativo de la ciencia histórica, un espacio en el que Juan Tomás de Salas dio oportunidades a ese ramillete formado por quienes eran entonces jóvenes historiadores que justo comenzaban su tarea, conectándolos con un público culto y amplio que les hemos seguido siendo fieles a lo largo de estas décadas, leyendo libros que estaban ya esbozados en aquellos artículos. Además de Aróstegui, en Historia 16 estaban los Julio Valdeón, Ángel Viñas y tantos otros, junto a maestros que acumulaban entonces un largo recorrido a sus espaldas, como Manuel Tuñón de Lara, por ejemplo.
En la que ha sido su última obra, Julio Aróstegui se empeñó en darnos la dimensión entera no ya de un hombre sino de toda una época, la que vivió como uno de sus proncipales artífices Francisco Largo Caballero. Obrero estuquista, activo sindicalista, mediocre dirigente político, el mejor ministro de Trabajo que jamás ha tenido España y acaso uno de sus peores presidentes de Gobierno, Largo Caballero, al que apresuradamente sus partidarios en el PSOE y la UGT llamaron "El Lenin español", fue un personaje singular. Hombre de escasa formación académica, todo lo aprendió en la lucha por los derechos de los trabajadores. Condujo la UGT, el sindicato socialista, con habilidad y eficacia, pero se enredó con demasiada frecuencia en las luchas internas por el control del partido, en el que representó a la corriente sindicalista y más próxima a los anarquistas. Enfrentado con los comunistas de los años treinta a causa del sectarismo y la incapacidad de estos para conectar con los problemas reales del movimiento obrero, fue uno de los referentes de una Revolución a la española que nunca llegó, quizá porque Largo Caballero, que en julio de 1936 tuvo todo el poder en sus manos, no supo luego que hacer con él.
Antes, Largo Caballero había sido un extraordinario ministro de Trabajo en el gabinete republicano-socialista inaugurado en 1931, que en poco más de dos años desarrolló una tarea descomunal en cuanto a problemas encarados y resultados obtenidos. La guerra le alcanzó a Largo viejo, enfermo y desorientado, y la pérdida de un hijo, asesinado por los franquistas en los primeros días de la rebelión militar, seguramente no hizo sino acentuar su retraimiento y desconexión de la realidad. Los Hechos de Mayo en Barcelona le dieron la puntilla, al no querer plegarse a la represión contra la CNT, como exigían los comunistas. El caballerismo se esfumó en el partido, que pasó a ser controlado por los negrinistas, y la UGT se escindió de hecho entre sus partidarios y los sectores centristas y procomunistas. Con la derrota y el exilio se inició la última etapa de su vida, que aún había de llevarle a un campo de concentración nazi al que sobrevivió milagrosamente, si bien falleció poco tiempo después de ser liberado.
Largo Caballero es hoy un referente mítico para el socialismo español y en general para la izquierda histórica. Seguramente su figura carece de interés para las gentes que llegan al partido con el cargo ya concertado antes de tener el carnet. Pero precisamente por eso, Largo, con sus aciertos y sus errores, sus virtudes y sus insuficiencias, sigue encarnando lo mejor del espíritu de un dirigente obrero de aquellos tiempos, en los que a nadie se le hubiera ocurrido contratar como director de la factoría de pensamiento del PSOE a un fulano que propone el despido de trabajadores y la rebaja de sus salarios aunque sea en Portugal, ni desde luego celebrar congresos de la Internacional socialista en hoteles de lujo con spa y bebidas gratis.
viernes, 30 de noviembre de 2012
Histórico vídeo del último discurso del presidente Azaña
La aparición de una filmación en la que aparece de modo breve el presidente Manuel Azaña pronunciando su famoso discurso en el Ayuntamiento de Barcelona el 18 de julio de 1938, habría sacudido hasta los cimientos a cualquier país no enfeudado a la burricie histórica y cultural como es el caso de España. Así nos luce el pelo.
Y es que en la noticia relacionada con el descubrimiento hay varias cosas de mucho interés. Dice El País que en esas imágenes, apenas un minuto y medio de los setenta que duró el discurso, el presidente Azaña aparece "De pie, con la cabeza alta y sin leer papel alguno"; más o menos como los políticos de ahora, que a menudo ni siquiera entienden lo que están leyendo. Eran otros tiempos, claro.
Ese discurso es acaso el más importante que Manuel Azaña pronunció en su vida, y fue además el último que dio en público. En él trazaba un programa de reconciliación entre los españoles que finalizaba con la célebre exhortación: "Paz, Piedad y Perdón". Es el testamento político de un hombre de buena voluntad horrorizado por lo que está sucediendo a su alrededor, por el tsunami que ha desencadenado su pretensión de llevar a la realidad de España el viejo lema reformista de Joaquín Costa: "Escuela, despensa y siete llaves al sepulcro del Cid". No le dejaron, ya lo sabemos. Como dijo a un allegado a los pocos días de conocer la sublevación militar del 17 de julio de 1936, "Gane quien gane esta guerra, la República ya la ha perdido".
Setenta y cuatro años después de aquél momento histórico vivido en Barcelona, del que se registraron por separado un audio y unas imágenes grabadas por la BBC, la Universidad de Alcalá de Henares, la ciudad natal de Azaña, a la que siempre se sintió muy vinculado, ha unido ambas piezas sincronizando imagen y sonido, y ahora podemos disfrutar del resultado en el vídeo adjunto.
De los discursos de Azaña dice el historiador Santos Juliá en ese artículo de El País que los pronunciaba "Siempre con una dicción impecable y gran riqueza léxica". Azaña "pronunció aquel discurso sin llevarlo escrito. Tenía las ideas claras porque las había redactado en sus diarios y también había una parte importante de improvisación". Santos Juliá asegura que los discursos de Azaña son "un monumento a la oratoria". Pero esa excelencia formal no restaba un ápice de interés a su contenido n a la capacidad para conectar con su auditorio, al contrario, las reforzaba: "Era impresionante la facilidad que tenía para desarrollar un pensamiento tan elaborado. Era un hombre que llegaba a la gente porque rompía con el tradicional discurso de los políticos, barroco y recargado".
Con ustedes, la voz y la imagen del presidente de la República Española, don Manuel Azaña Díaz.
En la fotografía que ilustra el post, el rpesidente Azaña durante su discurso en Barcelona, el 18 de julio de 1938.
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